Donde el vino se vuelve memoria y arte
Scott James Gundersen, es un creador que encontró en los corchos —esos pequeños testigos de sobremesas, brindis y charlas lentas— una materia prima para tallar emociones. Lo suyo no es solo técnica: es un diálogo entre cultura del vino, reutilización y memoria colectiva.
Scott nació junto a las orillas del lago Michigan, en Ludington, no proviene de grandes bodegas ni viñedos, ni de linajes familiares de viticultores. Su origen está en la cotidianidad: en compartir una copa con amigos o la familia, en el ritual simple de descorchar, hablar y volver a descorchar.
El nacimiento de la pasión artística
La chispa que transformó esa costumbre en obra surgió en 2007, durante un viaje por el Congo. Allí, la observación de cómo las comunidades reutilizaban cada objeto —no por estética, sino por necesidad— le reveló la potencia de lo residual como fuerza creativa.
Ese espíritu, de darle valor a lo que la cultura del consumo descartaría, se volvió el principio rector de su arte.
De regreso en los Estados Unidos, Gundersen dedicó dos años a recolectar corchos: de bares, restaurantes, amigos y vecinos. Fue así como en 2009 creó su primer retrato compuesto exclusivamente con corchos reciclados —una imagen de su propia mujer— y desde entonces no paró.
Más de 200.000 corchos, miles de tonos
Hoy su obra es mucho más que curiosidad o arte ingenuo. Cada retrato es un mosaico minucioso donde miles de corchos, cuidadosamente seleccionados por su tonalidad, generan profundidades, matices y contrastes que recuerdan la complejidad de un buen vino. Lo interesante es que esos “rojos” no son una paleta común: vienen de tintos de cosecha, variedades, añadas diferentes, cada uno con su impronta única.
En su estudio en Grand Rapids, Scott puede tener entre 50.000 y 80.000 tapones apilados en rincones, como un viñedo de recuerdos esperando ser descorchado. Afirma que la cantidad infinita de matices que se pueden obtener de los corchos es comparable a las variaciones de una misma uva según clima, suelo o productor.
Lo que empezó con pequeños cuadros familiares se transformó en trabajos de envergadura internacional. Sus piezas han sido encargadas por coleccionistas privados y clientes corporativos en cuatro continentes y han vestido espacios tan diversos como colecciones personales o instalaciones públicas.
Su obra “Grace”, compuesta con más de 9.000 corchos, fue adquirida por coleccionistas de Londres; otras piezas encuentran su lugar en colecciones que valoran tanto la técnica como la narrativa detrás del reciclaje. Porque si el vino ya captura el tiempo —en cada añada, en cada botella—, sus corchos, reutilizados por la visión artística de Scott, reclaman otra eternidad: la del testimonio visual.
En su obra se encuentra la poesía que muchos de nosotros buscamos en una copa bien servida.
